Que vivir no es solo respirar

Día largo. Larguísimo. Lleno de horas vacías. La tristeza común desde la mañana. La inevitable incertidumbre de las diez y media. La lentitud del mediodía. Y luego la mengua eterna. Las horas terribles de la tarde llena de nada. Llenas de ocio. Del hambre del cuerpo ante el vacío de espíritu. De lo anhelado yuxtapuesto a esta realidad mezquina. Del cansancio del alma. Esa que lucha como un indómito animal contra el letargo de lo externo.
Hoy reconocí mi muerte otra vez. Me vi a mí mismo dentro de mi ataúd, amortajado, inmóvil.
Estoy en crisis. Al punto donde mis temores, dudas y trastornos se exacerban. Donde pensar no sirve, y vencer el desánimo es luchar contra un dragón de siete cabezas y diez cuernos. Alcanzar todos los límites y rebasarlos. Ese desenlace puede no ser alentador.

                                                                               ~•~

Así me sentía ayer. Abatido por las circunstancias. Con los ánimos revueltos. Con la vida hecha mierda. Ya hoy la tempestad ha calmado. Y así voy de día en día superando a mi yo y sus vaivenes emocionales.
Hoy hay resignación, quizá. Hoy la vida puede seguir revuelta, pero...

                                                                               ~•~

Estos son esos capítulos de los libros que son breves, porque el autor no concreta ideas. Esta entrada comenzó hace días y aun hoy sigue inconclusa. Un poco como mi vida, que es un gran cúmulo de inconsistencias, una eterna perorata. El peso de la tarde, las horas lentas e imprecisas, los recuerdos que azoran, el frío que entumece, el tecleo vano de los vecinos, el cigarrillo sin ganas de la tarde como único y brevisímo escape de la detención voluntaria.


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